01 Jul 2021

Lecciones de las crisis en la UE: de la estabilidad a la solidaridad

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Esta vez es diferente. Lo hemos oído muchas veces, pero en esta ocasión, el adagio refleja verdaderamente una respuesta distinta de la UE a la pandemia si la comparamos con la crisis financiera precedente. Podemos así afirmar que, en esta ocasión, la respuesta ha sido distinta por tres razones.

En primer lugar, la naturaleza del shock económico ha sido diferente1. En el origen de la actual crisis se encuentra una pandemia (un problema de salud pública) y no una acumulación interna de desequilibrios, como los préstamos desmesurados a los propietarios de inmuebles o la fragilidad de los estados de la periferia de Europa; tampoco a acreedores imprudentes ni a deudores temerarios. Esta vez, el impacto sobre la economía ha sido más pronunciado que durante la Gran Recesión (2009-2013) y ha afectado en primera persona a todos los estados miembros. Además, la imposición de medidas no farmacéuticas (las estrategias comunitarias de mitigación, como el confinamiento o el cierre de actividades) provocó disrupciones sectoriales que afectaron principalmente al turismo, al transporte aéreo, a la hostelería y la restauración, y al entretenimiento, lo que contribuyó al hundimiento del comercio global. También a diferencia de la anterior, y por la naturaleza de sus causas, era imposible de predecir cuánto tiempo duraría y qué países se verían afectados con más dureza.

En segundo lugar, la crisis de la COVID-19 le llegó a la UE tras haber reforzado el marco institucional, precisamente, en respuesta a la crisis financiera global de 2009, limitando de este modo la balcanización de los mercados financieros que tan alto precio se había cobrado en 2011-2012. El Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) ya estaba en vigor, y listo para ayudar a los países sujetos a tensiones del mercado financiero, al tiempo que la (incompleta) unión bancaria garantizaba que todos los bancos de la zona euro estaban sujetos a las mismas reglas. En segundo plano, también el Fondo Único de Resolución (FUR) estaba presto a intervenir si algún banco necesitaba ser reestructurado. Sin embargo, también pronto se evidenció que los amortiguadores y los cortafuegos dispuestos tras la crisis financiera global y del euro habían sido diseñados para combatir un tipo diferente de crisis, con el epicentro en el desequilibrio del sector financiero o los apuros de los fondos soberanos. Mantener la estabilidad financiera es una condición necesaria pero no suficiente para una gestión eficaz de la crisis. Como dicen algunos autores2, en relación con la dimensión fiscal “el tejado europeo no solo tiene goteras, sino que es totalmente inadecuado para capear el tipo de shock que se está produciendo”. La zona euro aún carece del mecanismo o la capacidad fiscal común suficiente para hacer frente a los shocks asimétricos.

Finalmente, y en tercer lugar, el marco conceptual de las dos crisis ha sido diferente. Esto se ha debido en parte a que, como hemos dicho anteriormente, no era posible señalar a unos acreedores imprudentes ni a unos deudores temerarios. En esta ocasión, el coro de expertos que reaccionó al estallido de la pandemia en marzo de 2020 fue unánime al pedir a los gobiernos nacionales que actuasen rápidamente, y que hiciesen todo lo que fuese necesario para “mantener las luces encendidas” hasta el final de la recesión3.